De leyendas de amor y cafetales famosos

Desde fines del siglo XVIII hasta la primera mitad del XIX floreció, primero en las montañas orientales y luego en otras partes del país, la próspera industria cafetalera cubana, fomentada por emigrados franceses que huyeron de la revolución de 1791 en la vecina isla de Haití.

Los emprendedores hombres de negocios sobrevivientes llegaron con dotaciones de sus esclavos y tecnologías muy avanzadas para la época, en cuanto a producción, cosecha y venta del aromático grano se refería. Hermosas haciendas florecieron en las alturas del extremo oriental, de las cuales hoy existen vestigios o edificaciones muy bien conservadas, declaradas Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, desde el año 2000.

Imagen tomada de la Revista Más Cuba

Pero, humanos al fin, vinieron con sus sentimientos y pasiones. La vieja hacienda conocida por La Isabelica, en las alturas del macizo conocido como La Gran Piedra de Santiago de Cuba, y convertida en museo desde 1976, anida una hermosa leyenda de amor, además de contener un muestrario tangible de cómo era la vida y la producción en una hacienda colonial de ese rubro económico, que tuviera un verdadero boom en Cuba a principios del XIX.

La leyenda fascina. Situada entre la realidad y el mito cuenta la historia del perdido amor que sintiera, dicen, el poderoso propietario de la hacienda más próspera de la zona, por una callada y bella esclava. Tanto fue así, cuenta la conseja, que al señor francés Víctor Constantin, nombre del fundador de aquel imperio entre las nubes, no se le conoció matrimonio ni pareja de mujer blanca en su vida.

Su amor secreto, aunque al mismo tiempo ostensible, era la joven Isabel María, a quien se rumora instaló en la mansión, rodeó de comodidades y su presencia, siempre discreta, llenó sin embargo todos los espacios de la casa, donde dieron rienda suelta a su pasión. Fue el propio dueño quien bautizó al mejor de sus cafetales —pues llegó a poseer otros— como La Isabelica, en honor al gran amor de su vida. Mito o realidad, vaya usted hasta saber…

Otra leyenda cautivante y también de un cafetal famoso existe acerca de la finca Angerona, cuyos vestigios recuerdan su antiguo esplendor en tierras del occidente de Cuba, en suelo llano, pero sobre una colina, este caso más cercano a la capital cubana.

Fundado por el empresario alemán Cornelio Sochay en 1813, fue el escenario del amor que sintió por la acaudalada mujer negra Úrsula Lambert, de origen haitiano, de quien se enamoró al conocerla en establecimientos de negocios en las entonces populosas calles de la creciente Habana.

Juntos decidieron fundar ese negocio, que supieron conjugar armoniosamente con el amor que nació y se consolidó entre ellos, según la leyenda. El cafetal Angerona, dedicado a la diosa de la fertilidad, hizo honor a su nombre y se convirtió en una finca muy productiva y tal vez la más bella y cuidada de la zona.

Sus vestigios aún en pie testifican que allí hubo un enclave de trabajo que avanzó con el ingenio organizado y fuerte del alemán, el toque femenino y sagaz de Úrsula y el trabajo de cientos de personas, lamentablemente esclavizadas.

Solo la muerte del alemán Cornelio en 1837 pudo truncar esa unión que se describe sólida y feliz, a pesar de que por las leyes y costumbres de la época el matrimonio legal nunca se pudo consumar. Posiblemente ella había sido una exesclava llegada a Cuba junto a cualquier amo que huía de la marea revolucionaria haitiana.

De más no está recordar que esas haciendas avanzaron con el trabajo de cientos de esclavos, aunque se cuenta que en ambas propiedades, por las características de sus dueños y vínculos afectivos, el rigor de la esclavitud para sus trabajadores no se hizo sentir con la crueldad habitual. Pero la verdad en cuanto a esto, no consta.

Leyendas románticas aparte, vale la pena visitar y fotografiar las ruinas de la legendaria finca Angerona, muy atrayentes desde el punto de vista artístico y cultural y el Museo de La Isabelica, con una información muy completa sobre la historia y las raíces socioculturales y económicas, del pueblo cubano.

Todo, en medio de parajes naturales de una gran biodiversidad y en relieves asombrosos, excelentes lugares para la salud del cuerpo y del alma y para capturar panorámicas inolvidables.

Tomado de la Revista Más Cuba

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